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Kaiser el aguacatero luchador

En las calles bullistas de San Miguel, el káiser se mezclaba entre las prisas y coraje del gentío siempre alborotado que anda para arriba y  para abajo; tenía un ojo gacho de una pedrada certera por seriar en la basura del Seguro Social, las patas chuecas y gastadas por recorrer largos caminos desde los cantones a la ciudad, las orejas mordidas por las peleas callejeras y un pelaje blanco pero muy curtido.

Su madre, un labrador de “pedigrí” que fue criada para competencias, se enamoró de un chucho de la calle, un día que los dueños salieron a vagar y no se dieron cuenta de que dejaron la reja abierta, fue entonces cuando Firulay Pocas Pulgas de un solo se metió al patio para hacer su travesura.

Kaiser fue el único sobreviviente de la manada de 4 cachorritos producto del amor furtivo de aquellos canes, los otros fueron abandonados en un basurerillo donde no pudieron criarse. A Kaiser lo encontraron casi petatiándose cuando un señor alto con cara de malilla se lo llevo a su rancho; lo alimentó, lo bañó y cuidó hasta que creció.

Un día al pobre Kaiser quien había heredado el porte de un labrador, aunque comía tortillas tiesas untadas en manteca de chuche, se lo llevaron a un lugar donde las luces y el ruido lo espantaban, no digamos la gente medio rara que vio y que andaban con perros como el y con otros menos aguacateros. El lugar era para peleas de chuchos callejeros, los ponían a darse hasta que uno de ellos se moría, y se cobraban apuestas.

A Kaiser lo obligaron a pelear unas tres veces hasta que un día decidieron abandonarlo porque ya estaba viejo, herido y cansado y no servía para más. Los zopes lo velaban en el  potrerillo donde estaba el basurero; sangriento, cansado, y moribundo el pobre Kaiser resollaba su último aliento de vida, mientras cerraba los ojos poco a poco en el cielo alcanzaba a mirar un montón de comida, toda la que se había imaginado muchas veces. Entonces, cerró los ojos y al despertar se levantó asustado, mirando entre medio nublado comenzó a escuchar que alguien lo llamaba.

Un niño de pelo negro,  con ojos color café claro y de una dulce sonrisa llego hasta donde estaba, lo miró y le dijo: “Vos sos el amigo que estaba esperando, al igual que tu yo fui abandonado en un basurero, mi mamá tenía miedo, no sabía qué hacer conmigo… yo llegue hasta aquí y un señor de túnica blanca y barba de algodón me dijo que este es nuestro reino, el de los niños. Pero yo me sentía muy solo y le pedí un amigo con quien jugar, entonces llegaste vos; desde ahora vos serás mi mejor amigo y yo seré el tuyo, nunca más estarás solo, las personas allá abajo suelen abandonar a sus mejores amigos,  y a sus hijos,  pero el Señor del que te hablé prometió nunca abandonarnos” le dijo el niño, abrazándolo y Kaiser meneaba la cola de contento que estaba.

Yanci Torres / Periodismo y Literatura UNIVO
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