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¡Carajo, como duele! para volver al camino y andar

Fingir que no duele, duele el doble

Que,

Paola Rivera
Paola Rivera

si la vida te da limones, haz limonada; que, si no sabes cómo ponerte, ponte feliz; que, si estas triste abraza un zapato, porque consuela y así, innumerables frases con las que la gente intenta ponerte de buen humor cuando quizá lo único que quieres es que cierren la boca y te dejen llorar en paz.

Constantemente las personas a nuestro al redor se empeñan en hacerte sonreír y evitar que derrames una lagrima cuando algo va o sale mal. Sin embargo, el desahogo emocional es una manera de proyectar fuera de nosotros los sentimientos que nos crean un nudo en el pecho y no nos deja ni dormir.

Más que un momento de catarsis o de explotar, el desahogo emocional es un amanera de conectarte contigo mismo. Ayuda a identificar e intensificar tu ser con la situación que se está viviendo.

En muchas ocasiones decidimos por vergüenza o por orgullo solo guardar esas sensaciones que nos corroen por dentro y decidimos que es mejor callar al alma y dejar que la razón se lleve todo el crédito. No obstante, la persona que sabe exponer lo que siente es más valiente que quien decide pasarlas por alto.

Mi abuela era una mujer muy expresiva, un libro abierto, siempre diciendo y expresando lo que sentía. Se metió en aprietos por decir las cosas de la manera literal en la que venían a su mente, pero jamás se guardó nada.

De mi abuela aprendí que es mejor dejar fluir la emociones cuando es necesario, “si va llorar, chille, pero de verdad, quítese las ganas. Pero la quiero oír berrear de veras” nos decía cada vez que queríamos hacer un berrinche. Terminábamos riendo y dándonos cuenta que nos ahogábamos en un vaso de agua y que realmente no valía la pena derramar una lagrima.

Pero cuando ella sabía que necesitábamos hablar siempre estuvo ahí para escuchar pacientemente, sostener nuestra cabeza en su pecho y dejarnos sollozar con ella. Luego nos decía con una sonrisa en su rostro “sea berraca mama que no nos morimos aquí” nos decía la abuela, esa gran mujer a quien le encantaban las novelas colombianas.

Llorar no es sinónimo de debilidad, al contario, requiere de coraje saber que nos sentimos vulnerables y dejarnos llevar por la pena del momento. Identificar el sufrimiento y dejarlo fluir mientras escuchamos una canción, mientras recordamos a alguien especial, mientras nos reprochamos una falla o nos decepcionamos es más difícil que ignorar la situación.

Tener la capacidad de confrontar nuestro ser y encontrar el equilibrio dentro de nosotros es realmente el primer paso para seguir adelante. La gente suele decir que debemos levantarnos, sacudir el polvo y seguir caminando, pero se olvidan de las telarañas del corazón. Los momentos difíciles en ocasiones también nos dejan sentimientos que no se guardan y se desechan en el momento, esos instantes se acumulan y se convierten en telarañas que obstruyen las buenas intenciones.

De ahí nace la gente fría, la gente desconfiada, la gente insegura, la gente que le cuesta expresar incluso las cosas bonitas que lleva en el alma. ¿Que si tienen una razón válida? Lo más probable es que sí, pero eso no quita que su interior este sucio, este repleto de cosas que hace años dejaron de funcionar.

Desahogarse, llorar, gritar a la nada, tirarse al piso y desaparecer con unos audífonos y una buena canción, eso nos devuelve la humanidad, nos demuestra que somos personas, que sentimos, que amamos, que perdemos y que en algún momento lo que necesitamos no es un chiste para olvidar las penas sino un grito desesperado: ¡Carajo, como duele! Para volver al camino y andar.

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