jueves, 12 diciembre 2019

Reflexión sobre la crisis de la educación en El Salvador: ¿retos y anhelos para esta generación?

Menos del 10% de los estudiantes que estudian en nuestras escuelas hoy, logrará un título universitario

Por: Adán Mendoza 
Profesor e investigador en la Universidad de Oriente
foto web

Correo electrónico: arivas@univo.edu.sv

Decía Albert Einstein con una evidente cuota de ironía, que lo único que interfirió en su aprendizaje fue la educación. Esta aparente “extraordinaria paradoja”, se ve reflejada en El Salvador en la concreción de un conjunto de problemas que afronta  el sistema educativo, y que, después de treinta años de gobiernos de derecha e izquierda, tal cual lo menciona el investigador Oscar Picardo Joao, “persisten incólumes”: Una PAES sin expectativas de cambio y mejoras, notas mediocres que oscilan entre 5 o 6; escolaridad limitada en los últimos 20 años (solo se mejoró un grado en 20 años); problemas muy sentidos de cobertura en los extremos del sistema (perdemos a seis de cada 10 estudiantes que ingresan a parvularia); limitaciones para el desarrollo profesional docente con un marco legal anacrónico promotor de desigualdades; presupuesto educativos, tanto en el ámbito publico y privado, con serias limitantes para inversión y calidad, entre otros.

No es casualidad que, al respecto, el periodista Oscar Luna de el periódico digital “El Faro” en una brillante editorial titulada “Radiografía de un sistema educativo en ruinas” haga una afirmación categórica y a la ves espeluznante: “estudiar en El Salvador es una hazaña”. Según datos oficiales citados en el estudio, solo cuatro de cada diez niños que entran en primer grado llega hasta el bachillerato; y solo la mitad de esos cuatro llegará a la universidad. Menos del 10% de los estudiantes que estudian en nuestras escuelas hoy, logrará un título universitario. Aquellos que lo logren, habrán sobrevivido a una sociedad violenta, con el tejido social destruido, posiblemente victimas de prácticas pedagógicas tradicionales, e inclusive degradantes a sus derechos, y en muchos casos, a una alimentación inadecuada para su desarrollo físico e intelectual.

Entonces, en este escenario gris de padecimientos crónicos cuyo horizonte parece cada vez más sombrío por la persistencia del desinterés del Estado y de una autentica inexistencia de voluntad de los actores políticos tradicionales por superar los problemas, es inevitable que surjan preguntas a reflexionar para nuestra generación, tales como: ¿Cuál es el futuro de la escuela salvadoreña? O más importante aún ¿Cuál será la suerte de los estudiantes de nuestro país?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que nuestra niñez, adolescencia y juventud valen la pena. Pero, es necesario transformar inequidades superando lúgubres paradigmas que han caracterizado la ejecución de las políticas públicas educativas, para avanzar hacia el fomento de oportunidades con inclusión, lo cual no será fácil, pero constituye una tarea histórica e impostergable en el afán de garantizar el derecho a educación de calidad a todos, y cuyos resultados permitirán a mediano plazo al país avanzar en el sendero del progreso y la prosperidad. Tener la certeza, tal cual lo decía el extraordinario luchador social Nelson Mandela que “la educación es el arma mas poderosa para transformar el mundo” y en nuestro país, definitivamente, se debe luchar por alcanzar este anhelo.

En este sentido, considero que es preciso abordar con urgencia tres aspectos claves de la reforma educativa orientados a la mejora progresiva del sistema educativo:

Primero, concebir a la escuela y a sus actores como la piedra angular en las que se deposita la reconstrucción de la producción y reproducción del conocimiento, el bienestar y la convivencia social. Esto pasar por “revivir a la escuela”, dotándola de recursos didácticos y tecnología para sacarla del olvido y ponerla al servicio de posibilitar oportunidades para el desarrollo individual y colectivo. Segundo, empoderar al sujeto clave de la reforma educativa: el profesorado. Las gremiales deben asumir un rol autocritico sobre su práctica pedagógica, luchar por la dignificación laboral y establecer un sistema de evaluación sobre el ejercicio de la calidad de la docencia: el buen profesor debe ser potenciado, el mal profesor debe ser cuestionado. Y, por último, el currículo nacional debe de dar certeza del ciudadano que sea desea para aspirar al desarrollo de nuestra sociedad. Es urgente repensar “el alma filosófica de nuestro modelo educativo” parafraseando nuevamente al investigador, Picardo Joao.

Lo anterior es imposible si no se avanza hacia una visión de país, distante de la polarización y disputas ideológicas que tanto daño le han hecho a este noble pueblo, que aspira a ser más, que merece esperanza y anhela libertad. Esta generación está obligada a tomar las riendas, y lo debe de hacer despojándose de revanchas contra aquellos que defraudaron a la patria. Por último, y para ejemplificar este anhelo de paz por la educación, me permito citar un verso del inconmensurable poeta Sandinista Tomas Borges, que reza: “Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores”.

 

 

Equipo de periodistas, estudiantes, editores y productores de la Carrera de Comunicaciones de la Universidad de Oriente UNIVO.