miércoles, 12 diciembre 2018

 “QUIEN SABE QUE COMEREMOS HOY”

Una historia de pobreza y hambre tras el bullicio de la feria y las fiestas

Redacción y fotografías: Michael Samuel Barrera
Taller de Reportaje

 Las fiestas patronales han dado inicio en San Miguel, tal parecería que todo es festejo, pero no es así. El campo de la feria es distinto por la mañana y tarde, no hay luces de colores, no hay música, el bullicio de la gente se reduce a los vendedores de los diferentes puestos colocados en los alrededores de los juegos mecánicos.

Al llegar al lugar me dispuse a observar qué estaban haciendo las personas de las distintas ventas colocadas a lo largo y ancho del centro de gobierno municipal donde están instaladas la mitad de los juegos mecánicos. A las 2:00 de la tarde algunos estaban almorzando, otros limpiaban sus mesas para esperar a los visitantes, unos platicaban muy sonrientes, tal parecía que se la estaban pasando muy bien, pero bajo uno de los juego mecánico, me pareció ver a una niña acostada en el suelo, al parecer de unos 2 años, a la par de ella un niño de unos 9 años,  sin camisa jugando con un pato amarillo de plástico, su rostro sucio por el polvo y un semblante tristón.

Lo observé por mucho tiempo y él también lo hacía. Me pregunté en dónde estaban sus padres,  porque no los veía por ningún lado. El cruce de miradas continuaba, sentía que con su mirada quería decirme algo pero tenía miedo. Pasada una hora se me acercó pero no del todo y me dijo: ¿Qué horas son, chele?, a lo cual le respondí y a la misma vez le pregunté por qué quería saber la hora,  “es que estoy esperando las 5:00 de la tarde,  porque a esa hora viene la gente”

Aproveché que se había animado hablarme y le pregunte por sus papás, y contestó que andaban prestando dinero, porque tenían problemas. Qué problemas le dije: -Ah – exclamó, no dijo más. Con la idea de que se me acercara le dije si me podía señalar en dónde tenían el puesto. –No tenemos, respondió, sólo mi papá que trabaja pidiendo los boletos en uno de los juegos mecánicos, esa grandota, señaló.

Se quedó a mi lado, me contó de cómo su papá trabaja en dicho juego, hablando de él con gran admiración. Ahora que él me escuchaba mejor, le pregunté por la niña que vi acostada. –Es mi hermanita, tiene 3 años, la estoy cuidando, los demás andan prestando para comprarle medicina… tiene calentura. Ojalá le presten el dinero me dijo.

En ese momento entendí a qué problemas se refería. A su papá no le habían pagado desde el día que iniciaron a funcionar las “ruedas”, no tenían dinero para comer ni para la medicina de su hija menor. –Nosotros veníamos con la idea de vender agua pero no nos dejaron, dicen que este año no está permitido, quién sabe que comeremos hoy, porque no tenemos venta y a mi papá no le han dado nada, me contó cabizbajo.

Pasados unos minutos  señaló con su mirada y me dijo que ahí llegaban sus papás. En la mano del padre logré observar una bolsa blanca de la cuál sacó una caja. –A pues sí le prestaron el pisto, me dijo con sus ojos llorosos.

Este niño, originario de La Unión, es uno de tantos casos de infantes y familias que pasan las fiestas de San Miguel con la esperanza de lograr  obtener el sustento diario. Viven un noviembre de carnaval muy distinto a otras personas, sin diversión, comiendo y durmiendo mal, viviendo a la intemperie mientras dura la diversión de los demás.

 

 

 

Equipo de periodistas, estudiantes, editores y productores de la Carrera de Comunicaciones de la Universidad de Oriente UNIVO.