domingo, 18 noviembre 2018

José Luis Castro Cisneros, médico exitoso, fundador de la UNIVO

El Doctor Castro Cisneros conoció el rostro de la pobreza, siempre estudió becado, logrando superar diversos obstáculos para alcanzar sus metas

Redacción: Cecibel Martínez
Fotografías: Mario Hernández y  cortesía.

El Doctor José Luis Castro Cisneros no tiene certificados de su formación académica en su oficina de Decano; tampoco los tiene en su consultorio. Tiene -dice- una área especial para ellos, es una pieza de unos 8 metros contiguo a su oficina médica, toda la pared está tapizada de cuadros, y no cabe uno más; allí tiene títulos de su esposa, de él y de sus hijos –espera también los de sus nietos.

A Castro Cisneros lo acompaña siempre una sorprendente cantidad de llaves, a simple vista es difícil saber cuántas, pero son muchas-, todas tienen un pequeño llavero en donde se les puede poner identificación; sin embargo, todas están en blanco.

Ese color; blanco, le gusta el blanco. Desde que se graduó de médico siempre lo lució, desde los zapatos y toda su vestimenta, nunca fue a dar una consulta con ropa de otro color; cuando fue maestro les decía a sus alumnos, quienes actualmente ya  son médicos, que ellos tienen que vestir como tal, “porque si eres médico y no pareces, no te van a creer ¿que el hábito no hace al monje? sí, pero lo identifica, lo define” dice.

Su bata es, naturalmente blanca, el único color que resalta es un verde olivo de un  pequeño logo bordado en una de sus mangas en el que se lee:  “Centro Médico de Oriente” y en la parte de enfrente, otro bordado que reza: “José Luis Castro Cisneros” y bajo el cuello de su camisa se esconden unas cadenas gruesas que por alguna razón quizá prefiere cubrirlas.

También es blanca toda su oficina de Decano en la Universidad de Oriente (UNIVO), en la que resalta un esqueleto que parece de cartulina plastificada de unos 35 centímetros,  una computadora, en su escritorio algunos documentos, y en la pared, algunos decorativos su último cumpleaños, 25 de Agosto –aunque en papeles aparezca que es el 29.

Fundador de la UNIVO
Él es uno de los ocho fundadores de la Universidad de Oriente. El origen de la idea se le atribuye a un notario cuyo nombre era Balmori Arieta, luego estando ellos en un hotel, le dieron forma y había que juntar el dinero. Decidieron que cada socio debía poner no menos de mil colones; fueron aproximadamente unos 45 socios en total, algunos sólo dieron su aportación económica, ocho fueron los que trabajaron para llevar a cabo el proyecto, entre ellos el Doctor. Castro Cisneros.

Al ver que no alcanzaban entre ellos a realizar la inversión, comenzaron a llamar a más personas y así se fundó la junta directiva integrada por esos ocho fundadores principales, eso en 1981.

Empezaron a hablar con los empresarios, profesionales y miembros de otros clubes de servicio como los Leones y consiguieron miembros valiosos, recuerda:  “el Dr.  Pedro Fausto Arieta, Francisco Merino, gente valiosa pues y algunos empresarios, maestros, gente del  Club 20-30 que fue de muchísima ayuda”. Al comienzo, las instalaciones de la universidad no fueron donde es ahora, sino frente a la Cancha Álvarez, en unos corredores de la cruz verde, dice el doctor Cisneros. “Increíblemente una de las primeras carreras fue medicina” recuerda con emoción;  sin embargo sólo la pudieron tener dos años, no podían sostenerla, porque era demasiada cara. Entonces tuvieron que cerrarla, y reubicar a los estudiantes, así que tuvieron que pedir espacios en San Salvador.

Ser fundador de la universidad es un orgullo indescriptible para él, “yo veo tanto profesional trabajando ahorita, producto de está universidad y claro ahora cualquiera quiere trabajar acá porque es una universidad exitosa, pero cuando empezó nosotros no teníamos ni para el café y trabajábamos gratis, ad honorem y en las reuniones nosotros poníamos para el café porque no había” cuenta.

Contiguo a la oficina de Castro Cisneros, está la de la Dra. Dinora Eugenia Perdomo Vega, una mujer carismática, alta, elegante, de piel blanca; ella es la encargada de la Secretaria Académica de la carrera de Medicina en la Universidad de Oriente, y describe al doctor Castro, cómo una persona protectora, que guía y orienta y más que un jefe, dice que él es un líder, un compañero.

Para ella, trabajar con el doctor, es muy inspirador, debido a la trayectoria que tiene, tanto en la parte médica como en la parte administrativa y en la docencia, y reconoce que, a pesar de tener esa experiencia, Castro Cisneros nunca se muestra de manera autoritaria,  “él nos deja ser, nos deja florecer, explorar cada una de nuestras habilidades y siempre está el ahí para orientarnos”, comentó la Dra. Dinora Perdomo.

Las tres virtudes principales que ella más destaca del Dr. Cisneros, son la humildad que posee a pesar de todo lo que tiene y ha conseguido profesionalmente y familiarmente,  lo humano que es, porque se preocupa por su prójimo y por el bienestar de éste y en lo que más enfatiza es en lo protector que el doctor es con su gente.

También señala como virtud y defecto, lo paternalista que es, quien no puede ser severo con los demás, incluso  en la reuniones de trabajo, él indica que quien les va a decir la parte dura es la Dra. Perdomo porque él no puede regañar, sin embargo la Doctora lo admite como defecto porque puede haber quien se aproveche de esa situación.

Perdomo admira mucho la entrega que el Doctor tiene con su esposa, sus hijos, y además a su trabajo, y el amor a la universidad, incluso bromea con él, diciéndole que tiene cuatro hijos, los tres que tuvo con su esposa y el cuarto que es la UNIVO.

El  camino de vida que ha trazado

El  Doctor  hizo 2 años en segundo grado, él era aplicado, no repitió porque hubiera aplazado el año, sino porque no había más grados en su escuela y él no quería dejar de estudiar. Por esa razón tuvo que irse a vivir un año donde sus abuelos, en El Tránsito, San Miguel, ahí logró estudiar tercer grado, pero además tuvo que ser el lazarillo de una persona ciega. Un dato insólito es que para ese entonces, él nunca había usado zapatos, llegó a cuarto grado y no sabía qué era eso, sino hasta los doce años de edad, cuando los usó por primera vez.

A la escuela iba de lunes a jueves, nunca pudo ir un viernes, porque desde ese día, hasta el domingo se iba a pie acompañando al ciego, pidiendo limosnas, pasando por Batres, Santa Elena y Ereguayquin, hasta llegar a Usulután:  “pasaba el día pidiendo, sentadito allí por la iglesia, por el parque y ahí dormíamos en un zaguán, agarrábamos el tren y nos veníamos el domingo en la noche” relató el doctor.

Aprendió a hacer de todo, a los diez u once años, trabajaba de jornalero, era travieso, se colgaba del yugo del buey, porque no alcanzaba; una vez, cuidando un arrozal, se paró en una culebra,  pero era tanto el trabajo que tenía que hacer, que no tenía tiempo para sentir miedo.

Cuando llegó a bachillerato, no lo querían recibir porque ya tenía 19 años y sólo recibían hasta los 18. Ya se había casado, lo hizo a los 18 y su esposa era dos años menor que él. Sin embargo, logró que lo recibieran porque él había sido el mejor estudiante en la escuela.

Los años han pasado, y Castro Cisneros se ha llenado de mucha satisfacción por estar donde está, aunque eso no le hace sentirse superior, sino útil.

“Se tienen las cosas y no se valoran, y después se valoran hasta que ya no se tienen, yo nunca pude valorar porque nunca las había tenido, nunca, o sea sabes lo que significa pasar por San Vicente a las once y media de la mañana en un bus solo con el muy pasaje, y que salgan el montón de mujeres a vender carne con tortilla y yo con un hambre terrible y me pasaban así mira –señalando que pasaban frente a él- y la gente sacaba las tortillas y sacaba la carne con el limón y la sal en un papel y yo sentía aquel olor”.

A pesar de no ser fanático de la religión, asegura que es una persona que pretende vivir espiritualmente bien; procura hacer el bien de forma consciente y no por accidente, no es un hombre de oración permanente, pero sí la tiene como devoción; lo aprendió de un pariente suyo, que es sacerdote, una vez le dijo: “antes que hacer vida la oración, hay que hacer oración a la vida”.

De Ingeniería a Doctorado en Medicina

Castro Cisneros, nunca creyó que iba a ser médico, es más, no solicitó ser médico en la universidad, se inscribió para Ingeniería Civil,  –o al menos eso creyó. No tenía dinero para ir a la UES el día de la inscripción, así que le dio la hoja a una persona que sí iba a ir y le dijo que se la presentara y se la inscribiera; la inscripción era el lunes y resulta que su amigo, se puso a beber con sus hermanos y se le olvidó ir a la universidad el sábado a ver los horarios; él llevaba medicina, pero como no pudo ver los horarios de Ingeniería de Cisneros, solo copió las materias.

El Dr. Cisneros no se dio cuenta sino hasta el primer día de clases –13 de Mayo de 1968- la primera materia fue biología y se preguntó ‘¿qué hago aquí, qué tiene que ver?’ pero resulta que habían áreas comunes y decían que todos los estudiantes de todas las carreras estaban juntos, pero solo en las materias comunes. Un joven que estaba a su lado, le preguntó: ¿qué estudias?, muy confiado Cisneros le indicó que estudiaba Ingeniería, pero su compañero le responde desconcertado: “¿ingeniería?, aquí solo estamos los que vamos para carreras de salud, yo voy para laboratorio clínico, anda a preguntar”, y Cisneros se fue para el Centro de Orientación de Carreras.

Al llegar, se encontró con la licenciada Virginia de Menéndez, fue una mujer que le dijo las palabras claves, le contó lo que le estaba pasando, ella le peguntó que si qué quería estudiar, y él le dijo que quería una carrera corta, porque tenía su esposa con un hijo. Le dijo que le haría un test vocacional, cuando regresó con el test, le volvió a preguntar qué quería estudiar, y le dijo esas palabras que –dice- le sacudieron el alma: “estudie lo que usted quiera, que en la carrera que estudie en esa va a brillar” –segundos de silencio.

“Así me hice médico y no me arrepiento, me he sentido realizado y quizá voy a utilizar una palabra atrevida, pero no se me ocurre otra, yo soy un triunfador, porque nací sin nada, totalmente desnudo cuando vine al mundo, toditito lo que me puse allí para acá, ha sido agregado y un montón de cosas se han ido agregando”.

De los primeros médicos en oriente, “fui el número 39 de la región oriental” dice, luego añade –dudoso- “tengo unos 42 o 43 años de haberme graduado, bueno egresé en el 75”.

Cómo el Doctor obtuvo una beca que le cambió la vida
Había viajado tan solo tres veces a San Salvador, la primera vez, fue el día que se hizo el examen de admisión, que aprobó con el 71%, la segunda vez, fue cuando dieron las becas y la tercera vez cuando se presentó a clases, no viajaba mucho porque no tenía dinero para hacerlo.

Luego de haber aprobado el examen, se vio con el obstáculo de que no sabía cómo haría para estudiar, entonces un amigo le contó que otorgaban becas, le llevó una solicitud y la llenó. El día que iban a dar las becas, estaba lleno de estudiantes de todas partes del país, y uno de ellos le preguntó que si quién lo había ido a visitar, el doctor se sorprendió  porque nadie había llegado donde él, todavía más sorprendido, el otro muchacho le preguntó que si qué andaba haciendo, que si no le habían mandando un cronograma, mismo que le enseñó mientras conversaban, el doctor no tenía idea de eso.

Mario Ponce Cienfuegos, un hombre de baja estatura, de ojos amarillos, lo recibió, él comenzó a contarle su caso: “yo, vengo de San Miguel, soy de un cantón…” en ese momento Cienfuegos lo observó, le interrumpió,  resulta que en una ocasión había estado en su casa, y la madre de Cisneros, le había dado un plato de sopa, él recordaba bien aquel día. Inmediatamente y sin pensarlo, le dio la beca clase A -que era una beca completa junto con ayuda monetaria- Castro Cisneros salió irradiando felicidad de aquella oficina porque ya llevaba su beca, luego de haber llegado sin nada.

La beca le exigía buen rendimiento y nunca la perdió durante siete años, pero en el último año trabajó a escondidas, porque era prohibido para los becados; trabajaba en el hospital San Juan de Dios, en San Miguel y estudiaba en la Universidad Nacional de El Salvador, en San Salvador, 16 meses viajó todos los días y para entonces, ya tenía su segundo hijo.

Castro Cisneros, fue vendedor de diarios en San Miguel, además cortaba pelo, daba clases de inglés -sin saber bien inglés, daba clases de guitarra, de música, porque él es músico y le pagaban de 40 a 50 centavos, de ahí sacaba el dinero para su  comida y de Normita, su esposa.

Las “oportunidades” que despreció

“Yo soy un triunfador y lo repito y lo sostengo y me enorgullece decirlo sin atentar con mis palabras contra la humildad, porque creo que tengo no más ni menos de lo que Dios me ha querido dar y quizá una de las cosas que más le agradezco es que yo nunca fui ambicioso,  teniendo oportunidades de hacer plata” cuenta. No vio correctas las formas de enriquecerse fácilmente y su papá siempre le dijo ‘el dinero fácil es dinero maldito, te va a hacer daño, gánatelo honradamente y defiéndelo’ todas esas palabras se le grabaron.

Tuvo muchas oportunidades de hacer dinero “maldito”, incluso mediante el tráfico de personas (llevar gente a Estados Unidos), hubo un coyote que llegó desde Tijuana, y le ofreció 3 mil colones por persona y le pedía que dos veces al mes le llevara dos viajes de cuarenta personas, en aquella época era fácil –y ganaría una gran cantidad de dinero- pero se acordó de las palabras de su padre.

Un contrabandista en una ocasión, le ofreció que distribuyera bicicletas y ventiladores, le entregaría furgones llenos y cada bicicleta se la daría a 20 colones y cada ventilador a 15; los clientes ya estaban hechos –eran empresas reconocidas- y las ganancias iban a ser al doble por cada artículo, no tenía que hacer casi nada, excepto que si alguna vez lo descubrían, no tenía que decir nada de quienes eran sus ‘proveedores’, no aceptó.

Nunca pudo comprar un libro

Las limitaciones económicas fue uno de los obstáculos más difíciles de vencer; nunca compró un libro, nunca pudo, porque ya estaba casado y no tenía dinero, todo lo apuntaba en sus cuadernos, estudiaba en la biblioteca de la universidad toda la noche desde las diez hasta las dos o tres de la mañana.

En aquel entonces, una beca como la de Castro Cisneros, significaba una ayuda económica de 135 colones al mes, con eso pagaba la comida y la residencia, 60 y 15 respectivamente, le sobraban 60 que tenían que ser para lo demás de sus gastos de vida estudiantil, pero lo que hacía era no desayunar, y ahorraba ese dinero para mandárselos a Normita, para la leche del niño. Cuando estaba en tercer año –después de la guerra con Honduras- Normita salió embarazada del segundo niño y ya eran dos hijos.

En su formación médica adquirió la costumbre obligatoria, de no desayunar, “yo ahora podría comer lo que quisiera pero no me da hambre, tal vez me tomo un juguito de naranja o tal vez un poquito de café, sólo almuerzo y ceno, porque no me da hambre” expresa.

Dice que le da pena porque a veces lo invitan a algún lugar y piensan que va a pedir algo extravagante; a él lo que le gusta es la sopa de frijoles con cuajada en cuadritos y las tortillas calientes.

Tantos años estudiando en la capital y hasta ahora no conoce bien San Salvador, lo único que conocía en su vida de estudiante era la terminal y la universidad; no sabía qué era un cine, no podía ir y si iba era porque lo invitaban, pero nunca a cines de prestigio.

Fue campeón universitario de tenis de mesa y bromea al respecto porque ahora ya no juega, puesto que, según sus palabras, “no le dan las rodillas”, pero aprendió a jugar como nadie. No obstante hay ocasiones en que sí juega con sus nietos y ellos se asombran por su destreza, “jugar con elegancia, como que la pelota te va declarando una poesía” dice.

Es un lector de la biblia, y si pudiera recomendar un libro, después de ese, sería “El Gran León de Dios”, una novela histórica de investigación, que narra la vida de San Pablo, porque –para él- es inspirador, educativo, formativo, ilustrativo, escrito con claridad y sobre todo con una intención sana, sin ninguna malicia ni mentira.

Castro Cisneros, además, escribe poemas en verso; durante la entrevista –muy gentilmente- tuvo el agrado de recitar un fragmento, el primero que compuso, hace más de 50 años: “fue apenas solo un beso, que te di, fue solo un beso el que me diste por mi ruego, a veces pienso acaso, si fue un sueño, mas su calor cómo ha encendido mi empeño, sigue quemando mis labios con su fuego”, es la poesía que escribió sobre el primer beso que le dio a su esposa.

“Conócete, Sócrates. Decídete, Cicerón. Entrégate, Jesucristo”, palabras que en algún momento, él ha convertido en imperativos. Su filosofía es: lo mejor está por  venir. Él tiene problemas en su cadera, pero nadie lo nota, porque camina bien, a él no le gusta que lo noten. Es una persona positiva, alegre y dispuesto al trabajo.

-¿Y usted no le tiene miedo a la muerte?

-No, es que a la muerte no hay que temerle, pero no hay que desearla, porque todos vamos a morir, no sabemos dónde ni cómo ni cuándo, eso me lo enseñó mi papa. A lo que uno le tiene miedo es a morir.

 

“Yo soy un triunfador y lo repito y lo sostengo y me enorgullece decirlo sin atentar con mis palabras contra la humildad, porque creo que tengo no más ni menos de lo que Dios me ha querido dar”

Dr. José Luis Castro Cisneros.

Equipo de periodistas, estudiantes, editores y productores de la Carrera de Comunicaciones de la Universidad de Oriente UNIVO.

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